Nohemy Vargas le pide perdón a la tierra.

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«La tierra está rebelde por todo el daño que le hemos hecho. Las cabañuelas las cambió el universo y por la pandemia no pudimos reunirnos a bendecir las semillas el último sábado de marzo. Tenemos que respetar la tierra y hoy especialmente pedirle perdón por el daño que le hemos causado. A las 9 de la noche cambia la luna, de luna creciente a luna nueva, a esa hora hay que pedir que la pandemia pase, que la Pacha Mama ilumine a los científicos para encontrar la cura porque la tierra se cansó de nosotros», así pide Nohemy Vargas, indígena del Resguardo de Chía, que celebremos hoy desde el encierro, el Día Internacional de la Madre Tierra.

Y nuestro homenaje, el de El Viajero por la Sabana, lo hacemos contándoles detalles de la vida de esta sencilla mujer que ama la tierra, la cuida y la respeta. Ella es otro de nuestros personajes en época de cuarentena…

(Fotos: archivo Iván Valencia).

La hija del Resguardo Indígena

Nohemy Vargas portadora de tradición, que hoy le pide perdón a la tierra, vive en el Resguardo Indígena de Chía.

Nohemy nació en el Resguardo Indígena de Chía hace 60 años, en el hogar de Luis Francisco Vargas Socha y Graciela Cantor. Muy joven se casó con Manuel Norberto Barriga y fueron padres de cuatro hijos: Diana Patricia, Fanny Esperanza, Luz Dary y Manuel Orlando. Hoy, como todos, está en su casa y desde allí hablamos vía telefónica, pretendiendo que me respondiera positivamente, como suele hacerlo, y lo hizo, pero el hilo de voz que siempre tiene, esta vez se sentía más delgado.

¿Cómo va la vida en esta cuarentena?

«Encerrados y apretando cinturón. La vida nos cambió en muchas cosas. Primero, el trabajo quedó quieto, la despensa y los pagos por hacer son preocupaciones por solucionar», dice un poco desconsolada. ¿Y los cultivos? «Mal porque las cabañuelas las cambió el universo, no hay semillas para sembrar y en marzo que era el año nuevo nuestro y teníamos, como cada año, la bendición de la semilla en el bohío y en el templo de la luna de las mujeres, por la pandemia no pudimos hacer la celebración».

En su casa del Resguardo con Graciela Cantor, su madre y Manuel Barriga, su esposo.

Y tiene también por qué estar más desanimada ya que ella manejaba diariamente la elaboración de 1000 productos entre empanadas, pasteles y papas rellenas, que su esposo repartía en diferentes cafeterías de Chía. «Hoy nos tocó descansar, estoy pidiéndole a Dios que todo pase rápido, porque todos estamos detenidos. No hay trabajo, no hay cultivo, todo está cambiando y con la pandemia vamos a cambiar más. En el mundo hay mucha gente justa y también mucha injusta, hay muchos ladrones y otros que no lo son. Es un tiempo de prueba, pidamos a Dios que nos ilumine para poder empezar una vida nueva», dice con voz de esperanza, a pesar de que el mercado, con el que se ‘aperó’ para unos días ya comienza también a escasear.

Y así, con su esposo, su madre y su hija Fanny Esperanza, con quienes comparte la cuarentena, pasa los días en el Resguardo, esa maravillosa tierra situada en la montaña, que vigila a Chía, y que para los muiscas es tan sagrada, como lo es el maíz, ese producto tan arraigado a su cultura y a la de los campesinos de la región.

Cambiemos de tercio y hablemos del maíz…

Recorrer sus cultivos de maíz, cuando pase la cuarentena, y vuelva a tener cultivos, es uno de sus mayores sueños.

«El maíz era sagrado para nuestros abuelos muiscas. Era el tesoro más sagrado, tanto que a ellos los sepultaban con las semillas. Es tan sagrado y tan noble que se deja amasar de muchas maneras, para nosotros ha sido uno de los tesoros más valiosos que nos ha dado la tierra», dice esta mujer de voz suave, de temperamento dulce y contextura menuda, pero a la vez, una mujer que percibo recia, fuerte y trabajadora.

Y es que para ella, sembrar, recoger, moler, amasar, sobar y cocinar este producto de los dioses, es lo más importante de su cotidianidad, es lo que sabe hacer, es lo que sabe trabajar y por supuesto, sabe disfrutar.

«Hoy nos tocó descansar. Estoy pidiéndole a Dios que todo pase rápido porque estamos todos detenidos»…

Yo me crié en la montaña cuidando los animales, las chivas, las vacas; comiendo uvas silvestres, calmando la sed con las aguadijas, recogiendo leña y prendiendo el fogón para asar papas y huevos de copetón, dice con nostalgia. Desde pequeña -recuerda- sintió amor por la cocina, un oficio obligado para las mujeres de entonces pero que ella se gozaba en la cocina de la casa donde nació, creció y aún vive. Allí aprendió a «cocinar el maíz, a manejarlo, a despellejarlo, a molerlo y a sobijarlo».

«El maíz era alimento sagrado para nuestros abuelos, tanto que los sepultaban con las semillas», dice.

Sin duda, Nohemy es una de las portadoras de tradición de Chía, como lo son Tulia y Magdalena, dos de sus hermanas. «Heredamos la tradición y aprendimos a preparar con nuestras manos, que son bendecidas, la chicha, la mazamorra del maíz ‘jecho’ y las arepas de maíz pelado hechas con ceniza. Para preparar muchos platos molíamos el maíz en la piedra y lo amasábamos con guarapo y miel de abejas. Preparábamos también, con maíz blanco, la mazamorra de rúas. Todo lo hacíamos con lo de la cosecha porque nosotros también cultivábamos arracacha, yuca, habas, alverjas, chuguas, hibias y cubios, repollitas y calabazas».

El mute de entonces era muy diferente al de ahora -prosigue- lo hacíamos con maíz amarillo grande y lo sancochábamos con ceniza del fogón de nuestra tierra, luego lo despellejábamos y quedaba como una flor entre amarilla y blanca. Toda era comida de nuestros antepasados. También hacíamos sopa de mute o mute guisado y los envueltos de tres puntas empacados en hojas de helecho. Todo con productos de nuestra tierra.

¿Y de los chicheros qué me cuenta?

Eran originalmente nuestros, pero los otros, los de los años 50, muy comunes cuando se subía a Monserrate, los hacían de harina. Los nuestros son de maíz y cuando los sacábamos al mercado los ensartábamos en el palo de horqueta del helecho. Los hacíamos con los tres maíces, el blanco el amarillo y el diente de perro, que ya casi no se ve, pero que se llama así porque su forma es como la de un diente. Esos tres maíces los ‘sobijábamos’ con nuestras propias manos y le hacíamos el circulo en el centro que para nosotros es el símbolo de nuestra propia tierra. Llevaban también chicha y miel de abejas.

Y le pregunté por los chicheros porque con ellos ganó en 2019 el premio mayor a la mejor receta, elaborada con maíz, en las fiestas en honor a ese producto celebradas anualmente en Chía.

De otras herencias…

Con su esposo y una de sus nietas en la terraza de su casa en el Resguardo Indígena de Chía.

Mis abuelos -sigue recordando- como mis antepasados, siempre hicieron amasijos y nos enseñaron también a tejer las mochilas de fique para empacar los avíos que les llevábamos a los hombres a los cultivos. Les llevábamos también la chicha en una múcura de barro que iba dentro de la mochila. Nosotros vivíamos felices con lo que teníamos pues todo venía de nuestra propia tierra.

Y es a esa tierra, con sus dañinos habitantes en cuarentena, a la que ella hoy le pide perdón por tanto mal que le hemos causado.

Historias de personajes de Chía, en época de cuarentena…

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